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domingo, 22 de febrero de 2009

Caminos encontrados


Dice la teoría que al observar una fotografía la mirada sigue un recorrido complejo marcado por la estructura de la imagen y por la predisposición del contemplador. En este caso, el recorrido es sencillo. Tres manchas y tres líneas son las claves. La vista sigue las huellas que atraviesan la imagen, para detenerse sin remedio en las figuras. Posiblemente en primer lugar, porque ocupa el centro, nos vamos siguiendo las huellas del cestero que airea su mercancía de un lado a otro de la playa y, desatendiendo las normas elementales de la composición, está a punto de salirse del plano. En dirección opuesta una pareja de jóvenes totalmente ajena al movimiento del vendedor. Por último (las dos primeras están en movimiento y ésta es estática), la vista se para en el ángulo inferior izquierdo. Se ve a otra persona y se adivina a alguien más refugiado bajo la sombrilla. Mientras toman el sol los potenciales clientes no van a por el producto, el producto tiene que colocarse delante de sus narices. El trabajo del cestero es arduo, no hay duda. A la intemperie y con fatiga no hay tarea fácil. Las sombras intensas dicen que el calor aprieta. Para colmo, no tiene más remedio que llevar a cuestas muchos modelos para atender todos los gustos. No puede dejar escapar la venta. 

viernes, 6 de febrero de 2009

El salto del ángel






















El muchacho no lo quiere saber, pero para los mirones no hay ninguna duda de que, por lo menos, se juega los dientes en el lance. Deja boquiabierto al respetable con su más difícil todavía. Prima en la faena la valentía, el aplomo y la osadía. Pero hay, sobre todo, un derroche exagerado de inconsciencia. Con las manos atrás, para dejar constan cia gráfica de que la entrada en el agua será de morros, hay que hilar fino para no dejarse los piños en la aventura. El protagonista dispone aproximadamente de un suspiro para no salir mal parado y que la chulería no se convierta en desastre. Su salvavidas es efímero: dura justo el tiempo que tarda en remitir la ola. Si se lanza un segundo antes se estampa de bruces contra la piedra. Si se retrasa lo más mínimo se parte el alma contra la misma roca que no se percibe, aunque es evidente que espera a su presa agazapada bajo la espuma. Pero se tira justo en el momento preciso. Pericia milimétrica gracias a la cual unos pocos centímetros de agua interpretan a la perfección el papel de ángel de la guarda.